Hay algo profundamente humano —terriblemente testarudo y, por eso, conmovedor— en el arranque de El barón rampante. Todos hemos querido alguna vez levantarnos de una mesa donde las reglas nos asfixian y decir: «No bajo más». Pero mientras nosotros solemos volver derrotados cuando refresca, Cosimo se queda arriba. Y ahí empieza el milagro de Calvino.
Todo empieza con un plato de caracoles. Tras una discusión con su padre, el joven aristócrata Cosimo Piovasco di Rondò decide subir a una encina y hace una promesa radical: no volver a poner un pie en la tierra jamás.
Lo que podría parecer el berrinche de un niño se convierte en una de las aventuras literarias más bellas del s. XX.
La distancia como forma de amor
Lo que más duele y fascina de esta novela no es la acrobacia, sino la soberana soledad de quien decide ser fiel a una idea. Cosimo no huye de la gente por odio; se aleja para quererlos mejor. Desde las copas de los árboles, se vuelve más útil que cualquier vecino de a pie: apaga incendios, organiza defensas contra lobos, escribe leyes y se enamora con una intensidad que solo permite la distancia.
Es una lección que hoy se siente más viva que nunca: la necesidad de encontrar un territorio propio —aunque sea una rama de olivo— para no ser devorados por el ruido del suelo.
Entre sus páginas se respira el aroma a resina, a madera vieja y a la humedad de los bosques mediterráneos, pero también se percibe el frío de una soledad que no admite tregua. No es sencillo mantenerse en vilo cuando el corazón tira hacia abajo, especialmente cuando aparece Viola. En ese amor volátil se concentra la verdadera tensión de la obra, la imposibilidad de fundirse con el otro sin traicionar lo que se es. El aire se vuelve entonces espeso, cargado de la melancolía de quien observa las luces de las ventanas sabiendo que la libertad es un territorio que se conquista centímetro a centímetro, rama a rama, a cambio de no tener nunca un hogar firme donde descansar la cabeza.
El veredicto del bosque
Al final, la figura de Cosimo permanece como un rastro de luz entre las hojas. Su desaparición, sin tocar el suelo, es el último gesto de una elegancia inquebrantable frente a la gravedad de la muerte. La obra deja tras de sí la certeza de que existe una forma de habitar el mundo sin dejarse sepultar por sus convenciones, y que la mayor de las aventuras consiste, simplemente, en sostener la propia mirada frente al horizonte, incluso cuando el resto del mundo insiste en mirar hacia abajo.
Así desapareció Cosimo, y ni siquiera nos dio la satisfacción de verlo volver a la tierra de muerto. En la tumba familiar hay una estela que lo recuerda con la inscripción:
«Cosimo Piovasco di Rondò
Vivió en los árboles
Amó siempre la tierra
Subió al cielo»

